Ciudad

Federico Salva, casi un siglo de vida y memoria en Gualeguaychú

Federico Salva, vecino de Pueblo Nuevo y exempleado del Frigorífico Gualeguaychú, repasó parte de su historia de vida en una entrevista que recupera recuerdos de una etapa central para la memoria de la ciudad.

22 de Junio 2026


La mañana era fría, pero adentro de la casa el sol alcanzaba para cambiar el clima. La familia iba y venía, alguien acomodaba algo, el perro también formaba parte de la escena. Federico Salva estaba sentado, tranquilo, dispuesto a conversar. No hizo falta demasiado para que empezaran los recuerdos.

A los 99 años, habla sin apuro. A veces se detiene, vuelve sobre una idea, se ríe o busca en la memoria una fecha. Lo hace con la naturalidad de quien no está dando una entrevista, sino contando su vida en la mesa de su casa.

“Recuerdos lindos tengo varios”, dice. Y enseguida aclara: “Gracias a Dios viví bien dentro de todo. Dentro de toda la pobreza, viví bien. No me faltó nada”.

Esa forma de mirar hacia atrás aparece varias veces durante la charla. Federico no niega la pobreza ni el esfuerzo. Los nombra como parte de una época, pero no se queda ahí. Habla de una infancia con mucha gente alrededor, de una mesa larga y de comidas simples que alcanzaban para todos.

Se crió en una familia grande. Vivía con sus tíos, su abuela y otros familiares. En aquella casa, recuerda, había que trabajar. “Había que laburarla, no paraba la olla”.

Las comidas de esos años vuelven como imágenes claras. Guiso, puchero, polenta, tallarines los domingos. Comida de olla, hecha en casa, para una familia numerosa.

Y aunque todos lo conocen como Federico, su documento cuenta otra historia. Su nombre completo es Sixto Bonifacio Salva.

Federico nació un 19 de junio en lo que hoy es el Ñandubaysal. La partera fue la esposa del puestero del lugar y, después del nacimiento, les dijo a su mamá y a sus abuelos que su marido se iba a encargar de viajar a Gualeguaychú para anotar al recién nacido.

Pero el trámite se demoró. “Se olvidó”, contó Federico, todavía sorprendido por aquella historia que le repitieron tantas veces en su familia. Cuando finalmente llegaron al Registro Civil, ya había pasado el plazo permitido para inscribirlo con la fecha real. Entonces, el juez de paz buscó un almanaque, contó los días y resolvió que debía quedar anotado como nacido el 28 de julio.

El cambio de fecha no fue lo único. Al momento de completar el nombre, quien había ido a anotarlo solo recordaba uno de los dos nombres que la familia había elegido. El funcionario le pidió que pensara un rato, pero no hubo caso. Como el trámite debía cerrarse, volvió a mirar el almanaque. Ese día figuraba San Bonifacio. Y así quedó: Sixto Bonifacio Salva.

Federico, en cambio, quedó para la vida cotidiana. Fue el nombre con el que lo llamaron en el barrio, en la familia y en el frigorífico. “En el documento tengo Sixto Bonifacio, pero Federico quedó como sobrenombre”, explicó. Incluso durante un tiempo, contó, los recibos de sueldo del Frigorífico Gualeguaychú llegaron con ese nombre.

De chico le hubiera gustado estudiar. Llegó hasta tercer grado. Pero la vida tomó otro rumbo cuando tenía 14 años y dejó la escuela para entrar al Frigorífico Gualeguaychú.

“Prácticamente me crié ahí”, resume.

Entró a la playa de faena. No conocía el oficio, lo fue aprendiendo en el trabajo. Mirando, probando, acompañando a otros obreros. “Todos los trabajos los fui aprendiendo despacito”, cuenta.

El frigorífico aparece en su relato como un lugar enorme, pero también cercano. No habla de él como un edificio, sino como una parte de su propia vida. Allí pasó décadas. Allí conoció compañeros. Allí hizo su recorrido laboral hasta jubilarse.

“Trabajé 44 años, digamos así, de año a año”, recuerda. Su último día en la playa fue el 20 de enero de 1986.

No le gusta decir que llegó a ser jefe. La palabra le incomoda. Prefiere hablar de los obreros, de los operarios, de los compañeros que habían entrado casi juntos y que con el tiempo se fueron conociendo de memoria.

“Llegué hasta lo último”, dice. Y agrega: “Hice todo un recorrido”.

En la charla también aparecen los trabajos que nunca quiso hacer. Hubo tareas que no le gustaron y sectores por los que no se inclinó. La faena, en cambio, fue su lugar. Ahí aprendió y ahí se quedó.

Con los años, las jubilaciones de los compañeros también fueron marcando el paso del tiempo. Federico recuerda que cuando alguno se iba, los que quedaban lo extrañaban. El frigorífico no era solo el empleo. Era el lugar donde muchos habían crecido juntos.

Esa memoria personal se cruza hoy con la muestra sobre el exfrigorífico que puede visitarse en el Museo Casa De Deken. Allí, fotografías, documentos y objetos permiten volver sobre una etapa importante de Gualeguaychú. Pero hay algo que ninguna vitrina puede contar del todo: la voz de quienes estuvieron ahí.

Federico guarda esa parte de la historia. La del ingreso adolescente, la de la playa de faena, la de los compañeros, la de los días largos y el oficio aprendido con el cuerpo.

La pesca también llegó temprano a su vida. Su tío tenía canoas y trabajaba en el frigorífico, pero además salía al río. De chico, Federico iba con alguno de los peones. Así empezó un vínculo que lo acompañó durante años.

“Mi abuelo materno era pescador”, cuenta. También recuerda que su abuelo paterno criaba mulas en la zona de Ñandubaysal, cuando los caminos eran otros y muchas cosas se movían por el río.

El río quedó como parte de su historia. Las canoas, las boyas y los barcos de madera aparecen en sus recuerdos con la misma fuerza que el frigorífico. Ya no va a pescar como antes. La vista y los años hicieron que esas salidas quedaran atrás. Pero la pesca sigue estando en su casa y en sus relatos.

Hace dos años, Federico armó un árbol de Navidad con boyas. La idea nació después de la muerte de su hija, Nilda “Pelusa” Salva, fallecida en 2020, que era quien solía preparar el arbolito. Federico decidió continuar ese gesto a su manera, con elementos ligados a una pasión que lo acompañó durante toda la vida.

Antes, Federico había atravesado otra pérdida profunda: la de su esposa, Justina Elvira Rodríguez de Salva, fallecida en 2013. Con ella se había casado joven. Él tenía 20 años y ella, 18. Juntos formaron una familia que hoy sigue presente en todos los aspectos de su vida.

Cuando habla de la familia que hoy lo acompaña, vuelve una pregunta que él mismo se hace: por qué lo cuidan tanto, por qué están tan pendientes. Después encuentra una respuesta sencilla.

“Ahí me doy cuenta de que hice las cosas bien, que no hice las cosas mal”, dice.

Hoy vive tranquilo, acompañado por su nieto y su perro. Cocina, toma mate amargo y sale al patio cuando hay sol. Cuenta su rutina sin grandilocuencia. Prepara la comida, espera que su nieto vuelva del trabajo, descansa un rato, se levanta más tarde para tomar algo caliente. Una vida simple, sostenida por el cariño de los suyos.

“Vivo bien, tranquilo, con el cariño de ellos”, expresa.

La charla avanza sin apuro. A veces Federico vuelve al frigorífico. Otras, al río. También aparece Pueblo Nuevo, las casas por las que pasó, la zona de Belisario Roldán, José Ingenieros y Chalup. Todo forma parte de un mismo mapa íntimo.

A los 99 años, no habla desde la queja. Hay pérdidas, claro. Hay dolores. Pero cuando hace balance, elige otra palabra: agradecimiento.

“Completamente conforme”, dice sobre su vida.

Al mediodía lo esperaba un asado con la familia. La escena cerraba bien, en una casa con sol, una mesa preparada y Federico celebrando otro cumpleaños rodeado de los suyos. Casi un siglo de vida contado sin estridencias, con la voz de quien todavía guarda una parte de la memoria de Gualeguaychú.


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